Un grupo de estudiantes de noveno grado se encuentra en plena clase con su profesora de Sociales. Son
estudiantes de un colegio público en Bogotá. El tema gira alrededor de las crisis económicas
contemporáneas. Están hablando sobre cambio climático y medio ambiente. Ella es buena. Los estudiante
la quieren y admiran. Ella siente un vínculo profundo con el tema e indaga por las causas de fondo detrás
del delicado estado en el que se encuentra nuestro planeta. Los humanos somos los principales responsables
de lo que está pasando. Nos estamos suicidando poco a poco sin ni siquiera darnos cuenta. O, peor aún, si
lo sabemos no parece importarnos. Los argumentos bien hilvanados se suceden. Las cifras alarmantes dan
cuenta de la seriedad de nuestra crisis. El llamado a nuestra valentía y coherencia ética subyace en cada una
de las frases hábilmente articuladas por parte de Juanita, la profesora.
Suena la campana. Los estudiantes salen, algunos tal cual entraron, otros tocados frente al tema. “¿Y acaso
qué podemos hacer nosotros al respecto? ¿Qué puedo hacer yo?” Las preguntas dan vueltas en algunas
cabezas por un par de días. En algunos casos por semanas. Juanita habla sobre el tema por fuera de clase
con los más curiosos, intenta animarlos. En el fondo ella también se siente impotente. Cumplió como mejor
pudo con su deber -no con el de dar la clase, claro está, sino con el de intentar inspirar cada día a esos
pelados que tanto quiere y a fin de cuentas los que podrán cambiar un poco la cosa en algunos años si cuentan con
buenos faros en el camino-. Más allá de develar los factores que se entretejen detrás de nuestras crisis
actuales y despertar un sentido crítico en sus estudiantes, para ella tampoco es claro qué más puede hacer.
Cómo ir más allá. El sentimiento de frustración e impotencia no es cómodo para nadie. No es sostenible
emocionalmente. Por naturaleza estamos inclinados a no permanecer por mucho tiempo en esos estados.
Así, la mayoría de estudiantes dejan ir en algún momento su preocupación por el estado de nuestro medio
ambiente y vuelven a su normalidad. Al igual que Juanita. A nuestra normalidad cultural y social, esa que
peligrosamente se nos presenta como neutra, precisamente como “normal”, y que nos hace a todos ser
responsables, pasivos y activos – por omisión y por acción, de mucho de lo que está pasando en el mundo
entero, que desconocemos o conocemos a medias y que no nos parece bien pero que, por lo general,
terminamos reproduciendo de una u otra manera. Volvemos a ser parte del “comité de aplausos del teatro
de las injusticias dentro del que participamos”, como alguna vez le oí decir a William Ospina, por más de
que auténticamente nos incomode el estado de cosas que presenciamos día a día.
En Hermanos Brothers estamos convencidos del poder transformador del arte. Sabemos que entender una
problemática, por más bien entendida que nos quede, por lo general es insuficiente para que nos
comprometamos con nosotros mismos -que ya de por sí suele ser muy difícil- a realizar cambios en nuestro
comportamiento cotidiano. Cambios en nuestras relaciones con nosotros mismos, con los y las múltiples
otrxs con quienes interactuamos y con nuestra nave planetaria de la cual somos parte. Tan
sólo una parte y, a su vez, ¡una parte de este gran todo!
El arte nos permite bajarnos por momentos de nuestras cabezas, en las que solemos pasar tanto tiempo dada
la forma en que seguimos educando a nuestros hijos y dadas las exigencias generalizadas de nuestro
sistema laboral -y seguramente de nuestro sistema en general-. Nos posibilita articular manos, corazón y
cabeza de maneras más integradas de lo que solemos experimentar en nuestros procesos cotidianos de
aprendizaje y relacionamiento con el mundo (¿qué otra cosa es ello si no un procesos de aprendizaje
constante?). El arte hace posible que generemos canales de comunicación que permiten tocar lo que en
muchas ocasiones las palabras lógicamente articuladas no logran alcanzar. Nos permite interactuar más
directamente desde los sentidos, la intuición y las emociones, abriéndonos un espacio para que nuestro
subconsciente participe más activamente. El arte es en esencia un acto de co-creación, y la participación
comunitaria, incluyendo a los mal llamados ‘no-artistas’, a través de procesos creativos tiene el potencial de
ser profundamente sanadora y transformadora. Empezando dicha transformación con nosotros mismos, los
primeros transformados durante el acto creativo.
A diferencia de las campañas políticas o la publicidad comercial, el arte, como lo entendemos en
Brothers, no moviliza emociones ni busca ser funcional o efectista. Por el contrario, busca generar canales
de comunicación que mantengan el espacio abierto para la interpretación personal de cada uno de nuestros
interlocutores. Canales que no sean invasivos y que, por supuesto, no pretendan manipular su
emocionalidad. Para nosotros hacer arte es dar un salto al vacío constantemente, por supuesto intencionado,

más sin embargo siempre consciente de que sólo abrazando a fondo dicha incertidumbre es que,
eventualmente, lograremos inspirar y generar experiencias que inviten a nuestras audiencias a empoderarse.
En el momento en que pretendamos concientizar o empoderar a alguien, generar x para llegar a y, en ese
momento estaríamos alejándonos de un arte verdaderamente libre, por más bien intencionadas que sea
nuestro mensaje. El arte y la educación son nuestras herramientas de trabajo y expresión. Son los mejores
pretextos que conocemos para apuntarle a construir un mundo más digno y floreciente para todos y todas,
humanos y no humanos, y tenemos la fortuna de que sean también nuestras pasiones más profundas. Si a
través de ellas logramos inspirar o detonar algún deseo individual o colectivo de cambio, somos
conscientes de que la tarea de materializar y mantener vivo dicho impulso corresponde a cada uno como
individuo. No vemos de otra.

Lucas Sánchez M.
Co-fundador Hermanos Brothers

– ¿Puede el arte generar cambios?
– No es lo que espero, sólo sé que es una oportunidad para abrir canales hacia lo humano, hacia lo
compasivo… una oportunidad de mantenerlos abiertos y de que la conversación continúe”
Crystal Pite (coreógrafa)